Al gran Astor de Mantorh:
Los años avanzan a una velocidad extraordinaria, mi querido hermano. Por eso, intentando subsistir en el tiempo, he decidido escribir lo que fue nuestra vida… lo dificultoso de nuestra infancia, las guerras que vencimos y que nos faltan vencer. Con todas las cosas que suceden en el mundo, en estos tiempos difíciles, debe haber alguien que deje en la historia lo que ha sucedido; y meditando, decidí que tú serás mi corrector. Las cartas que te enviaré todos los meses, serán los capítulos de mi libro. Así mismo, espero que escribas tus experiencias en el otro lado del mundo, para agrandar la obra con tus vivencias.
Sabes que la guerra hoy en día abunda en los reinos del centro y oeste del planeta. Ahora, los niños no juegan y se divierten en las campiñas como hacíamos antes… lo único que vemos es odio, envidia, traición y revancha. Si piensas que es un común denominador en el hombre, todas las falencias humanas que acabo de describir, no caes en el error. Si te retrotraes a nuestra juventud, rodeada de sabios maestros y filósofos, podrás saborear nuevamente las apasionadas discusiones que manteníamos sobre la pobre alma humana. Aquellas tertulias infinitas, que comenzaban en el almuerzo y terminaban con la tenue luz de las velas en la biblioteca, estaban impregnadas de entusiasmo, y también, de peleas eternas; así es hermano… los pesares de la humanidad, siempre son los mismos… y el peor de ellos es la guerra. Las causas de la guerra, son esos estúpidos deseos de poder, de controlar cien páramos de tierra mas que tu vecino, de tener mas monedas en tu arca que las de tus falsos amigos, poseer mas barcos en tu muelle… y podríamos continuar por muchas páginas más, pero sé que tu me entiendes. ¿Qué causa esos deseos? La pútrida, débil y triste alma humana. Finalmente, y luego de tantas discusiones, siempre llegábamos a la misma conclusión, y tomábamos unos tragos juntos en alguna taberna de Torh; que bellas noches pasábamos bebiendo cerveza y vino, continuando los problemas filosóficos o hablando de alguna travesura en la niñez.
Esos tiempos ya son lejanos, y fueron cubiertos por la oscuridad. Se que tú haz sido un especialista en arquitectura y ciencias numéricas desde que nos separamos. Por el contrario, yo me he centrado en la historia del mundo, siendo un reconocido profesor de “Historia de la guerra” en Calípodos. Por ello, me tomaré el atrevimiento de narrar brevemente la historia que ya conoces, esperando aportar algunos datos nuevos, fruto de mis largos estudios.
Hace dos mil años, la raza humana habitó las regiones de Regum, Admaestre, y Constanor; más allá del cordón montañoso de Mÿrh (152), las primeras familias patricias descendieron los desfiladeros y nevados picos de la cordillera, seguramente provenientes del desierto de Kólth. Según, los primeros historiadores, las primitivas tribus de humanos, se originaron en pequeños oasis inmersos en el desierto. Sólo tres de ellas, lograron avanzar tecnológicamente y dominar nuevas herramientas que permitieron desarrollar la agricultura. El resto de los seres que habitaron el desierto, tomaron el camino de la belicosidad sin sentido, dejando de lado la racionalidad y las artes; por ello, las grandes migraciones, buscaron alejarse de las tribus arcaicas para siempre, tomando como inteligente decisión utilizar la cordillera de Mÿrh como barrera natural.
Luego de la odisea, que dejó centenares de muertos en las altas cumbres del oeste, la caravana se dividió, siendo fundados tres reinos: el de Fortyh en el norte, el Reino de Reagon al oeste, y el Reino de Mantorh al sur. Como sabes, quinientos años después, el rey Sontoh de Reagon, olvidó su juramento cuando las hordas del desierto cruzaron la omnipotente Mÿrh. La alianza que se forjó en la cordillera, había establecido que ante una invasión de cualquier enemigo, los tres poderes ancestrales se unirían para combatir los males del mundo. Fortyh cultivó el arte de la magia blanca, Reagon el arte del sigilo y el cuidado de los bosques, y Mantorh el arte de la guerra de campaña.
El año 521 de la Nueva Era, fue bautizado por la sangre de nuestros héroes. ¿Recuerdas como estudiábamos a las sombras de la enorme estatua de Ospión? ¡Cuantos valientes murieron en aquella batalla! He estudiado todos los libros y los grandes manuscritos de la biblioteca de Fortyh, y sólo he logrado llorar por horas. Ospión, al mando de cincuenta mil soldados de Mantorh, descendió por las llanuras hacia los Bosques Centrales. Conjuntamente, desde Fortyh marcharon veinte mil lanceros reales que escoltaban al rey mago Tórtotra y a su viejo maestro Zúlh.
Supongo, que recordarás quién debía salir a su encuentro en los Bosques Centrales. Así es, Sontoh nunca llegó a la batalla. El principe Ospión junto a Tórtotra y Zúlh, formaron a los setenta mil hombres y se prepararon para combatir con un enemigo que triplicaba su número. Los cincuenta mil arqueros y los treinta mil exploradores, faltaron a su llamado histórico.
En cuestión de horas, decenas de miles murieron ante el feroz avance de las bestias (pues otro nombre no puede tener una raza tan vil y llena de odio). Ospión, parecía poseído por mil demonios, y su enorme figura recorría la llanura dejando cadáveres por doquier. No creo que vuelva a existir un guerrero tan hábil y valiente.
Los documentos de la biblioteca, narran la batalla mucho mejor que yo: “Desde la inmensidad de la montaña, descendieron bestias oscuras y deformes. Eran cien mil abominables almas sin luz, que luego de un ensordecedor trompetazo, arremetieron sobre la pequeña muralla de guerreros y magos. Ospión, ordenó el ataque desde la columna derecha, y Tórtora desde el centro comenzó a recitar palabras que pocos entendían; en cuestión de segundos se elevó al cielo y extendió sus manos… una fuerza invisible, que era similar a los vientos de tormenta, derribó a trescientos hombres que fueron arrojados por el aire en una infalible carrera hacia la muerte. Los lanceros de Fortyh, se juntaron con sus primos de Mantorh acompañados de Zúlh, el maestro del fuego.
El viejo mago, cubierta su cabeza con una gran capucha, hizo relucir su espada en llamas acabando con decenas de enemigos en minutos”.
Como sabe todo el mundo, el desenlace de la historia fue trágico. Ospión murió tras horas de lucha, por una lanza perdida en la vorágine de la batalla. Los dos magos de Fortyh resistieron gracias al miedo del enemigo por su magia blanca, logrando la retirada de todas las bestias hacia las montañas. En los años posteriores, hubo decenas de batallas que frenaron la avanzada desde el oeste, aunque muchas tribus lograron escabullirse hacia los bosques del noreste. Y así llegamos al presente, cuando la historia decidió volver a repetir los sucesos pasados.
Mi intención no es aburrirte con la historia que ya conoces. Por ello, pasaré a contarte lo que me sucedió, luego de nuestra diáspora cuando nuestros padres fallecieron.
Arzel
Año 1501 N.e
Capitulo
I
De granjero a consejero
Cuando nuestros padres pasaron a mejor vida, una familia de vecinos nos había adoptado. Recuerdo que tú, pronto te acostumbraste a nuestro nuevo estilo de vida, incluso disfrutabas nuestras novedosas tareas. Hijos de granjeros, no estábamos acostumbrados a ver siquiera un libro en nuestro humilde hogar. Los nobles que nos ampararon en tan difícil situación, inmediatamente nos enviaron a una pequeña escuela con dos maestros. Sus largas barbas al principio me dieron temor, y no quería saber nada al respecto. Leer, era algo que me costaba. Sin embargo, tú encontraste facilidad y algo que inmediatamente te había fascinado. Cuando yo apenas podía leer lentamente una palabra, tú ya habías leído un capitulo del libro que me atosigó por un año entero; lo mío, eran las amistades y travesuras. Todavía conservo la remembranza de aquel día en que me escapé al campo de los Olivia, en pleno horario de recreo. Los dos viejos andaban de aquí para allá gritando mi nombre, mientras yo los observaba desde un arbusto temiendo la reprimenda.
Con el paso del tiempo, adquirí la costumbre de la lectura, y pude al menos seguirte de cerca en los niveles de lecto - escritura. Los largos salones que tenía la casona de los Otter, nuestra nueva familia, eran para mí un campo de batalla imaginario. Y también recuerdo, que la biblioteca era tu lugar favorito. Por eso, tal vez ahora te encuentres sorprendido de que sea un estudioso de la historia en Calípodos. Pero, los avatares de la vida me hicieron cambiar de rumbo… ¡que difícil vida nos ha tocado sobrellevar hermano! La batalla de Sorópodos donde falleció Marta y Berth Otter, fue tan sangrienta que todavía sueño con ella. Mientras te encontrabas en un viaje de estudio en la universidad de Mantorh, un grupo de bestias surgidas de los bosques Tanganor atacaron nuestra aldea. La casona, donde tantas veces recorrí imaginando una batalla donde era un héroe de los valles, ahora me encontraba huyendo hacia nuestro viejo escondite, en aquella cueva del jardín. El pobre Berth quedó bloqueando la puerta principal, mientras Marta me llevaba corriendo hacia el jardín. Cuando terminó de mover la piedra que tapaba la pequeña entrada rocosa, observe por una rendija cómo nuestro padre era asesinado, y nuestra madre brutalmente abusada para luego terminar con el mismo fatídico destino. Creo que me quedé allí dos días… simplemente llorando.
Y pude observar como eran esos sujetos que todo el mundo describía con temor. La bestia que asesino a nuestros padres, tenía un peto de hierro oxidado, con un casco horrendo que poseía dos grandes cuernos de marfil. Era el único que gozaba de esa ornamenta, por lo que deduje su rango superior; el resto de los soldados, estaban vestidos de la misma forma. Tenían cascos que cubrían casi todo su rostro, petos de cuero y cota de malla protegiendo sus extremidades. Despedían un hedor insoportable, que se filtraba por las pequeñas aberturas de la cueva donde me hallaba escondido. Lo que pude observar en sus rostros, era únicamente las bocas con dientes filosos, como si fuesen todos colmillos afilados como cuchillos. De sus fauces caían gotas de una espesa y grisácea saliva. Su piel era negra y gruesa como la de los elefantes, y sus manos tenían un tamaño enorme pese a su estatura mediana, dejando cuerpos claramente deformes.
Estuvieron un día entero acampando en nuestra casona y las zonas aledañas; muy cerca de mi escondite habían prendido un fuego que lograba darme calor en la noche gracias a que la piedra lo absorbía rápidamente, y también dejaron sus pesadas y enormes armas cerca de la entrada a la cueva. Muchas eran enormes hachas y mazas, observé que no tenían espadas. Hoy en día, sabemos que sus herreros nunca alcanzaron el fino desarrollo que las armerías de Mantorh y Fortyh lograron obtener con el paso del tiempo.
En fin… los dos días de terror que pasé allí encerrado terminaron cuando el batallón de caballería de Mantorh hizo temblar la tierra. En la mañana, sentí el rugido de la tierra, que me dio gran temor por la endeble estructura que me acogía. Los gritos no tardaron en llegar, y la muerte (una vieja compañera de mi vida, aunque allí apenas nos conocimos) nuevamente visitó nuestro hogar. Las brillantes espadas que descendían de los caballos destrozaban esa carne hedionda, salpicando todo el parque con la negra sangre de los Mord. ¡Fue ahí, cuando por primera vez escuché ese nombre maldito!
Revisen todo el lugar –dijo el jefe de tropa –y entierren aquellos dos cadáveres humanos. Con los mords hagan una pira cerca de aquella roca.
Cuando escuché la orden del jefe, comencé a gritar, temiendo más a los aromas pútridos de los cuerpos que el fuego sobre la roca movediza. Un soldado, dejo su caballo y corrió la piedra que me ocultaba. Un gran alivio llegó a mi alma, cuando observé a esos valientes hombres en sus corceles, brillando por el reflejo del sol en sus armaduras de plata. Era la caballería real, que deslumbraba a todo el mundo por sus armaduras únicas. Igualmente, poco podía ver luego de dos largos días de oscuridad.
¿Cómo te llamas hijo? –me dijo arropándome con su capa verde.
Mi nombre es Arzel, y vivo aquí –balbuce con mi boca seca, mientras divisé los cadáveres de Marta y Berth en la arcada de la galería –ellos son… eran… mis padres.
Lo siento mucho, ahora serán sepultados –dijo –y te llevaremos a la próxima gran ciudad… Calípodos.
Es así, hermano, como terminé viviendo en esa gran ciudad, donde florecen los estudiosos y los grandes soldados de la guardia real. Cuando entré a por los pórticos de Délfeos, mis ojos pequeños se deslumbraron con semejantes edificios. Los nobles que nos criaron por años, a pesar de su buen pasar, nunca nos habían llevado a conocer grandes ciudades como aquella. Siendo la primera vez que veía edificios de cuatro y cinco pisos, en cierta forma, me sentí protegido… veía la ciudad, como una fortaleza donde esos mords, nunca podrían llegar. Estaba equivocado.
Los primeros meses, viví en una barraca con la angustia de no saber nada sobre tu paradero. Dormía en largos barracones, con otros diez o quince niños que habían sufrido el mismo destino en Torh. Muchos los conocía de la academia juvenil, con otros había jugado en las calles y campos de la campiña. Todos nosotros, ahora éramos huérfanos. En mi caso, era huérfano por segunda vez.
En los primeros días, ya habíamos sembrado una sólida amistad, puesto que todos pasamos por la misma desdicha, y nos consolábamos mutuamente en los momentos de sumo pesar. Fue cuando pude establecer una gran amistad con sujetos como Artemio y Kolotar; jóvenes pastores que escaparon de la avanzada mord, y me conocían por compartir antiguas aventuras, robando verduras del viejo Josefino. Esos niños, luego fueron los hombres de confianza con los que pude experimentar las primeras batallas, siendo verdaderos camaradas.
A los tres días de nuestra llegada a Calípodos, un caballero llamado Turdis, nos despertó a primeras horas de la mañana para reunirnos en el campo de entrenamiento de la guardia citadina. Nos sentamos en el suelo, compartimos una humilde merienda, y pronto empezó a explicarnos nuestras nuevas tareas.
Como ahora están en manos del ejército Mantorh –dijo seriamente –pasaran a recibir un entrenamiento diario para convertirse en miembros activos de nuestra ciudad. Dependiendo las cualidades que posean, realizaran diversas actividades para el Príncipe Ospition.
En ese momento, realmente desconocía la historia de Ospión en la gloriosa batalla de los valles. Después de unos meses, nos narraron la historia del reino, y supe que Ospition, era el heredero directo al trono de Mantorh. Sus antepasados lograron continuar la línea sanguínea, dado que Ospión había dejado un hijo que continuó la herencia real. La historia de nuestro reino, puede jactarse de ser un reinado de excelencia sin regicidios como ha sucedido en Reagon.
En síntesis, ahora todos los niños huérfanos de Torh se convirtieron en los futuros hombres de confianza del joven Príncipe. Nos entrenarían para ser la guardia real, que seguiría a Ospition hasta las mismas puertas del infierno de ser necesario. Y así, fue como lentamente fuimos creciendo enmarcados en una vida militar. Los días transcurrían llenos de entrenamientos en el manejo de armas, en marchar correctamente como escota real, y en cultivar nuestro intelecto. El futuro rey, no podía tener soldados ignorantes a su lado.
Mi frágil musculatura, al cabo de un año se había fortalecido considerablemente. Pero Turdis, supo que mis cualidades intelectuales iban mucho mas rápido que las militares; entonces me otorgaba largos permisos para ingresar en la biblioteca de Calípodos. Y pronto, era reconocido por los maestros del instituto, ya que curiosamente el joven pastor por el que no daban una moneda de bronce, había decidido comenzar a leer los libros por abecedario. Pensaron que esa estúpida elección, sería el comienzo y el fin de mi vida intelectual, ya que muchos libros que comenzaban con la letra “a” eran un aburrimiento, e incluso, varios de ellos hablaban de cosas que nunca me servirían en la vida. ¡Qué equivocados que estaban hermano! Al cabo de ocho meses, había completado trabajosamente toda la primer letra. Turdis, ante el asombro de los barbudos que custodiaban la gran biblioteca, reía a carcajadas orgulloso del buen ojo que había tenido. De ser un pastor travieso, había pasado a ser un come libros. Los digería con rapidez, impulsado por el aburrimiento de algunos manuscritos, para llegar a los grandes libros de historia.
Ante el hecho de que mi futuro, se perfilaba más como profesor o filósofo antes que guerrero, Turdis decidió acortar las horas de entrenamiento físico para darme mas espacio en los estudios de historia. Realmente no entendía por qué me daba esa posibilidad, puesto que frente a los rumores de avances mord en la zona, sería mucho mas útil con una espada que con un manuscrito. Pero luego, entendí la maravillosa mente de Turdis.
Para resumirte lo que el caballero significaba en Calípodos, te diré simplemente que era el tutor de Ospition, y su principal encargado. El anciano Rey, se encontraba en el castillo de Mantorh planificando la resistencia de las ciudades ante una inminente ola de ataques desde el este y noreste; entonces decidió enviar a su primogénito a la principal ciudad del reino, para que se convierta en un guerrero y en un sabio. La Reina había logrado quedar en cinta en avanzada edad, razón por la cual el Principe Ospition era un chicuelo.
La primera vez que lo encontré, estaba entrenando con Turdis en un pequeño claro en las afueras de la ciudad. Yo, efectuaba uno de mis paseos matutinos, cuando divisé al muchacho ejercitando con una espada de madera, rezongando por la violencia que implementaba el veterano caballero. Turdis, ya se había percatado de mi presencia mucho antes que yo lograra hallarlos por casualidad. Entonces, detuvo el entrenamiento y se acercó junto al Príncipe hacia el árbol que escogí como sitio para mi trasero.
Principe Ospition –habló con solemnidad –el es Arzel, un joven muchacho del campamento que entrena para servirle como guardia real.
En ese momento, comencé a sudar sin razón. A pesar de la edad del muchacho (para ese entonces yo tenía dieciocho años, y el príncipe llegaba apenas a los quince), su porte era el de un futuro rey. Hermano, allí comprendí que los rumores de pasillo son una falacia; las dudas sobre la paternidad, y la capacidad de concebir un hijo por parte del rey, se estrellaron en el suelo como las aves que derribaba siendo niño, en el jardín de nuestra casa. Dos días antes de nuestro primer encuentro, había encontrado una gran pintura del Rey en un pasillo de la academia de Calípodos… el pequeño Ospition era la mismísima figura de su padre.
A su servicio joven Príncipe –dije haciendo una prolija reverencia –espero lograr ser el soldado que Turdis desea para su futura seguridad.
Tendrás otra tarea Arzel –interrumpió mi tutor –he visto tus capacidades con los grandes sabios de la ciudad… y creo… deseo… que puedas llegar a ser uno de los consejeros del Príncipe.
Te imaginaras hermano, que mi rostro empalideció y no pude decir ni una palabra. No sabía las causas de ese deseo, ni si lograría estar a la altura de las circunstancias.
No te asustes Arzel –me tranquilizó Turdis con una sonrisa –todavía tienen unos años de entrenamiento. El Príncipe, será encargado de la región recién a los dieciocho años… y para ese entonces, deseo que hayas leído absolutamente todos los libros de historia militar de la mayor biblioteca de Mantorh, que ya la haz tomado como tu hogar (rió un buen rato).
El Príncipe, nunca pronunció una palabra. Ambos me saludaron cordialmente, y se marcharon hacia las murallas de la ciudad. Yo quedé medio atontado por unos minutos, y volví a mis quehaceres diarios. Así pasaron dos años.
En la tercera primavera, desde mi llegada a Calípodos, el sol asomó su rostro cálido por el oeste, y acudí como todas las mañanas a la biblioteca. Caminé por los largos pasillos, hasta encontrar el libro que buscaba… el vigésimo cuarto libro con letra “o”, si mal no recuerdo. Cuando retire el bruto tomo de la estantería, divisé un rostro en el otro pasillo. Justo por el hueco, el Príncipe hizo un ademán para que lo buscara. Medio caminando y medio corriendo, llegué hacia la mesa donde aquel había comenzado a leer “Calípodos: primera defensa de Mantorh”.
¿Qué necesita mi Príncipe? –dije mirando al suelo.
Necesito que me mires al rostro, en primer lugar –dijo con tono amigable – Arzel de Torh, si te conviertes en uno de mis consejeros, debemos llevarnos bien y ser sinceros. No vayamos con preámbulos y formalismos.
Entonces lo miré, y aprecié un rostro diferente al de años anteriores. Había crecido mucho desde el último encuentro cercano que habíamos tenido. Ospition, siempre entrenaba con Turdis en soledad, y con los otros aprendices, apenas veíamos al Príncipe circular por los cuarteles o en la academia. Aproveche la oportunidad para examinarlo detenidamente, y pude ver que se había borrado todo rastro de timidez. Había madurado, y ya era conciente de su importante labor.
Era un poco más alto que yo, digamos que tenía la estatura media. Sus ojos claros, reflejaban una mente inteligente y aguda, e iban de lado a lado, demostrando su interés y curiosidad por todo. También, su semblante era la prueba de una personalidad atrevida y audaz. Y su respuesta, me sorprendió, pues detrás de ese joven, parecía hablar un hombre mayor con gran capacidad de elocuencia. Días después, lo pude ver rodeado por los sabios de la academia; dictaban una clase de historia y arte, que apenas pude oír al pasar por un pasillo. Aquellas tertulias particulares (que envidiaba sanamente), eran la causa principal de la avanzada retórica que poseía Ospition.
Arzel –continuó –a partir de ahora, llámame por mi nombre… y háblame sobre “Calípodos: primera defensa de Mantorh”. Seguro ya lo haz leído. Desearía tener tu capacidad de lectura, pero soy un amante de la espada… un futuro rey debe saber cómo defender a su pueblo. ¿No crees?
Si… Ospition –dije totalmente bloqueado –pero a veces, una mente ávida le gana a una montaña de músculos y técnica. Y ese libro, te explicará muy bien la razón –continué más calmado, porque recordaba con exactitud lo que contenía el libraco –ese manuscrito, expresa la importancia de Calípodos como lugar estratégico entre la cordillera de Mÿrh y los Bosques Centrales. Como es un paso seguro entre las dos zonas bárbaras, nuestra ciudad se transforma en la fortaleza mejor provista para retener a los mords… y no por poseer mas soldados o fuerza bruta (defendiendo mi postura)… sino porque estamos ubicados en un lugar estratégico.
El Príncipe, se había puesto muy cómodo en su silla escuchando con atención, y yo descubrí la capacidad memorística que desconocía poseer.
Calípodos –continué –en el oeste, se encuentra rodeada por dos mesetas. La principal entrada a la ciudad, conocida como los pórticos de Délfeos, precisamente está entre las dos elevaciones con desfiladeros. Por ello, si atacan la ciudad, los invasores se encajonaran en el “pico de botella” que la naturaleza ha creado, y no necesitaremos tantos soldados para repeler un ataque tres veces superior en número.
¡Arzel! –Gritó Ospition esbozando una sonrisa –sin dudar, el viejo Turdis es sabio. Sigue estudiando, que tu memoria nos será muy útil algún día. Pero escucha una cosa –dijo frunciendo el ceño –tres días a la semana, entrenaras con los soldados de la guardia. Necesito un consejero, que también pueda defenderme en los momentos más delicados.
Nuestros encuentros, para alegría de Turdis, fueron aumentando semana a semana. Mientras seguía engullendo libros, Ospition continuaba preguntándome sobre ellos. Por su parte, había conseguido un enorme dominio con la espada, la lanza y la lucha a caballo. La armadura de plata con detalles en oro, era el orgullo de los herreros de la ciudad. Y Ospition, desfilaba con su enorme corcel negro por todo el campo, repartiendo golpes de espada a maniquíes graciosamente armados con troncos y paja. En su cabeza, llevaba un casco diferente a cualquier otro. Si uno lo miraba un buen rato, transmitía temor. También construido en plata, el casco apenas dejaba ver la boca del caballero, y sobre el mismo, había una gran guadaña de plata que parecía la hoja de un hacha mirando hacia el cielo azul.
Al llegar el verano, Ospition tuvo su decimoctavo año de vida, dando comienzo a su mandato como Príncipe de Calípodos. Hasta que su padre muera, el futuro rey será coronado como el defensor de Mantorh… así como lo fue Ospión cientos de años atrás.
También, el nuevo Príncipe, había ascendido como consejeros a Kolotar y Artemio… esos amigos que te había comentado antes. Ambos, llegaron a ser dos de los más hábiles guerreros que tenía la ciudad. Y yo, humildemente, logré avanzar mucho en mis entrenamientos, pero cualquiera de ellos me aplastaría como una mosca.
El día en que Ospition fue coronado “Principe de Calípodos”, la plaza de la ciudad se llenó de ciudadanos. El gran parque, invadido por estatuas de héroes de un blanco sin igual, estaba desbordado. En sus alrededores, se encontraba el palacio del Príncipe, el castillo de la guardia real y la gran biblioteca en su lado norte. Las masas, lograron cubrir las inmensidades de las escalinatas de la biblioteca, y también los jovencitos habían trepado a las murallas del cuartel. Ospition, salió por el gran ventanal del palacio, y gritó a los cielos su juramento.
¡Ante mis compatriotas y el cielo majestuoso –gritaba con las manos levantadas –yo, Ospition, juro proteger esta gran ciudad, y a todo el Reino de Mantorh, como lo establece mi investidura!
¡Suenen las trompetas y saludemos al Principe Ospition de Calípodos! –dijo Turdis, con llevándose las manos a la boca para lograr una mejor amplificación.
Sonaron sin cesar las veinte trompetas, acompañadas de un coro eufórico que enunciaba: “viva el Príncipe Ospition”. Los ojos cristalinos de nuestro señor, demostraron el peso de la herencia real por mas de 500 años. A partir de aquel momento, Ospition era el responsable de la seguridad de decenas de miles de ciudadanos. Luego, con los años, esa presión se haría sentir.
*
Los sucesos posteriores al nombramiento, fueron tomando un color más oscuro. El primer día de labor, Ospition, llamó a cuatro personas a su despacho privado. Cuando llegué, apenas despuntar el alba, abrí las puertas del habitáculo donde Ospition estudiaba, planificaba y meditaba, y me encontré con Turdis, Artemio y Kolotar. Nos saludamos cordialmente, pues todos éramos amigos. Incluso Turdis, ya tenía un trato diferente. Nos habíamos transformado en los consejeros del futuro Rey, y todos nos convertimos en pares.
No te imaginas lo que es entrar al palacio de Calípodos por primera vez. Cuando caminas por la plaza principal, te encuentras pisando un césped verde lleno de flores; a tu alrededor, observas la enorme biblioteca, orgullo de la ciudad, y deseas sentarte a leer libros de filosofía, mientras observas los pájaros y las rosas. El castillo de la guardia, donde vivía antiguamente, era más lúgubre y frío. Sus muros de piedra contrastaban con el resto de los edificios, pero aquello se debía a su antigüedad.
En fin, caminé hasta el palacio con los nervios propios de una nueva etapa que aún desconocía. En la puerta principal, los guardias separaron sus lanzas apenas me observaron en la explanada de la entrada. La sala principal contenía grandes cuadros de la familia real, y se encontraba rodeada en sus costados por dos escaleras que conducían al piso principal, donde se hallaban las oficinas de los escribas, el administrador de la ciudad, y por último, el gran salón que habitaba Ospition. Los pisos de mármol, producían un bello resplandor con la luz brillante que los ventanales permitían ingresar. Había grandes maceteros que llevaban en su lecho colosales plantas de todas las regiones del reino. Y las puertas, eran de la más fina madera con los escudos regionales tallados, y delicados cerrojos de bronce pulido hasta parecer el mismísimo fuego.
Ingresé a la sala tímidamente, hasta que los tres rostros familiares me encontraron con una gran sonrisa. Nos dimos un cordial saludo, y Ospition nos hizo sentar frente a su majestuoso escritorio. Primero, hablamos sobre cosas tan banales como el estado del tiempo, lo hermoso de los muebles y del bello canto de las aves en primavera… sin dudas, era algo que nos relajó y nos permitió evacuar todo la tensión acumulada. Luego el Príncipe, procedió a explicar nuestro papel en el frente norte. El meticuloso Artemio, fue nombrado procurador general de campaña; su labor sería la planificación y el abastecimiento de las legiones en combate, y en épocas de paz, lo haría con la ciudad junto al administrador. De niños, solíamos correr por los campos y jugar con nuestras armas de madera, talladas por nuestros padres con arduo trabajo. Yo siempre fui un irresponsable, así que arrojaba las mismas por todo el campo, y el pobre Artemio corría detrás de mío juntando todos los bagajes que dejaba por el mundo… era la persona ideal para el puesto de procurador. El gran Kolotar, fue ascendido a general. Ahora, compartiría el mismo cargo que Turdis. Si los mords llegaban a cruzar las fronteras, los dos hombres (los mejores guerreros de Calípodos) serían los encargados de repeler la invasión, abastecidos por el buen Artemio. Y finalmente, Ospition me observó, y me nombró primer consejero de guerra… su primer consultor. Turdis, en el fondo, se encontraba lleno de regocijo, pues claramente, mucho de ello se debía a sus permisos otorgados para estudiar en la biblioteca más de lo permitido. Ser un conocedor de la guerra –decía constantemente –es el arma más poderosa que un Reino podía poseer.
Pasaron varios meses para que entremos en acción, y cumplamos la tarea que nos fue asignada. Recuerdo como latía mi corazón cuando escuché la noticia, desde una agitada voz y el profundo pesar del agotado mensajero. Aquella, era una mañana gris con hartas probabilidades de tormenta. Me había levantado temprano para ir a la biblioteca, luego de pasar parte al Príncipe, cuando la campana de la muralla noroeste fue resonada con presura. Aún me encontraba en el despacho de mi señor, cuando escuchamos el tintineo impetuoso del vigía. El Príncipe salió corriendo hacia la entrada del palacio, seguido por mí y Turdis. Las trancas se abrieron, produciendo un sonido seco, y las enormes puertas de hierro y madera rugieron como leones. El mensajero ingresó a la ciudad con el caballo a punto de caer por el cansancio de la travesía, y se bajó del animal todavía andando. Sin pronunciar palabra y escuchando únicamente el jadeo constante del pobre soldado, Ospition recibió la carta del Capitán Muser. No olvidaré nunca su rostro. Su joven semblante se frunció y empalideció, quedando perplejo por unos instantes.
Preparen la tropa, debemos ir a Torken hoy mismo –dijo al fin –Artemio, ordena preparar el abastecimiento de la tropa para un mes.
Señor –interrumpió Turdis –Torken queda a tres días.
La ciudad está sitiada por mas de diez mil mords –arengó Ospition –no sólo los apartaré de la ciudad, sino que los perseguiré mas allá del río Núdis.
Pero… –murmuró Turdis.
¡Obedece! –gritó el Príncipe.
Te imaginaras hermano, que los ánimos se pusieron pesados. Turdis, era un hombre con basta experiencia, seguramente con más experiencia que el iniciado Príncipe. Pero ante todo, era un hombre con lealtad, así que agachó la cabeza y se retiró a preparar a la guardia real. Artemio, andaba como loco por los almacenes de la ciudad, ordenando a sus pobres lacayos a cargar grandes carretas con suministros alimenticios, algunas dotaciones de agua, espadas, hachas, escudos y armaduras. Y el intrépido Kolotar, parecía un niño en su cumpleaños con juguete nuevo… probaba su espada y daba consejos a los jóvenes soldados de su regimiento.
Antes de partir, Ospition envió a un guardia a mi humilde finca. Inmediatamente acudí a su llamado, en el castillo de la guardia real. Estaba en una vieja habitación, rodeado de mapas y acompañado por Turdis. Estaban analizando la posibilidad de enviar una legión a paso doble, para subsanar las necesidades urgentes de los Torkeanos. Si bien, aquella no era una ciudad importante para el Reino, el simple hecho de perderla sería alentar a los mords a que tomaran la región noroeste, e incluso llegar a Calípodos. Entonces me preguntó, qué haría yo en su lugar.
Ospition –le dije con tranquilidad –la ciudad de Torken debe tener unos mil soldados… con suerte dos mil… en mi humilde opinión, yo enviaría dos mil hombres por los valles para que lleguen mañana a la tarde.
¿Cómo piensas que dos mil hombres llegarán en un día a Torken? –preguntó Turdis.
Mira, si nos remontamos a la historia de nuestro pueblo, hubo un caso en particular donde cinco mil hombres recorrieron mas de ésa distancia en un día –respondí señalando el camino que costeaba los bosques centrales –si tomamos el camino que bordea el bosque, y nos adentramos en los pantanos de Torken, evitaríamos el último trecho de las mesetas de Calípodos, cuyo camino es escabroso y lento.
La idea es excelente Arzel –dijo pensativo el Príncipe –pero igualmente una tropa de soldados de Mantorh no llegaría en el tiempo que estipulas. Piensa en todos los…
Perdón que lo interrumpa Señor –dije recordando algunos libros de historia –antiguamente nuestros ejércitos tenían armaduras aún mas pesadas. Un general llamado Linus, había decidido realizar una odisea con cinco mil soldados para salvar una ciudad fronteriza. Dejó a sus hombres como bárbaros, y los envío únicamente con los aperos de cota de malla, una simple camisa de lino, y sus espadas.
Así de ligeros podrían llegar en un día y medio –gimió Turdis –no es mala idea.
Los tres meditamos las opciones. El ejercito regular de Mantorh, era fuerte por la calidad de sus armas y las famosas armaduras de plata y acero templado. Sin ello, las esperanzas del Príncipe, recaían en la habilidad de los hombres y de sus líderes.
Hagamos lo siguiente –dijo Ospition –quiero que ustedes dos formen la tropa ligera de dos mil hombres y salgan inmediatamente de Calípodos para los bosques centrales. Enviaré a Kolotar con la caballería pesada ahora mismo, aunque temo que tenemos quinientos corceles únicamente. Hoy a la media noche, partiré con Artemio y el resto del ejército por la meseta.
Al fin teníamos un plan, que no sabíamos si era bueno o malo, pero la decisión estaba tomada. Con Turdis, nos dirigimos a prisa hacia las barracas. Los hombres estaban preparando sus armaduras, cuando de improvisto abrimos las puertas del pabellón. Todos se pusieron en posición de firmes, y Turdis con la frialdad que lo caracteriza habló.
Soldados –dijo observando a todos –partimos ahora mismo para Torken.
Los soldados vociferaban alientos de guerra y una victoria aplastante, pero los gritos se ahogaron.
Pero –continuó el general –partiremos sin armaduras. La ciudad esta cayendo ante diez mil mords, y debemos sostener la lucha antes de la llegada de nuestro Príncipe. Partiremos ya mismo. Preparen únicamente los aperos de cota de malla, sus camisas de lino y sus espadas. Nada de petos, cascos o escudos. Viajaremos ligeros, intentando llegar hoy a la noche. Eso es todo.
Turdis se marchó sin decir palabra, pero yo quise ver las reacciones de los hombres. La moral, hermano, es algo muy importante e influyente en las batallas. Tú debes saberlo. Y los rostros de aquellos jóvenes y viejos, eran de pesadumbre. El temor de no poseer una armadura, era lo mismo que andar desnudo y sin protección alguna. Las bestias que enfrentarían, poseían brutas armaduras de hierro oxidado, o pintadas de negro con alquitrán. Sus armas, que eran de un tamaño omnipotente, con armadura eran de temer, y sin armadura aquello pretendía ser una carnicería. Si que tenemos soldados valientes.
El sol había llegado a su punto máximo, y antes de que comience a caer, el Príncipe Ospition nos quería marchando en el valle. Turdis, hizo anunciar la salida con una proclama de trompetas, y emprendimos el camino de la misma forma que nuestros soldados… sin caballos.
Aprovechando nuestra liviana vestimenta, con Turdis comenzamos un paso doble que llevábamos muy bien. Habíamos distribuido a la tropa en tres filas, y la columna cubría un páramo de dos estadios. Si era posible, lo recomendable era detenerse a descansar una sola vez a la media noche, y aprovechando que la luna estaría llena ganar terreno en la madrugada, así llegaríamos al mediodía. Los soldados, marchaban a la son de un tambor. Turdis era muy estricto respecto a la disciplina, y si algo había enseñado correctamente, era a mantener una marcha pareja y sin contratiempos. Nuestros hombres, parecían caballos de pura sangre que nunca habían visto campo abierto. Yo, aminoraba la marcha, para ver como estaban los soldados de la retaguardia. Un capitán, cuidaba que nadie se quede atrás, ni que nos sorprenda el enemigo por la espalda. Más aún, considerando que los mords, suelen vagar por las noches en busca de presas fáciles… mercaderes, reclusos fugados, e indigentes.
Cuando el sol estaba por desaparecer en el anaranjado horizonte, llegamos a los bosques centrales. La campiña, se veía como bastos páramos de suelo fértil que apenas engendraba una docena de árboles, de allí que eran utilizados para las plantaciones. La dificultad para Calípodos recaía en la lejanía de la campiña. Las mesetas que rodeaban la ciudad y la mantenían en altura, se iban desarmando en pequeñas laderas y acantilados de baja altura que hacían del camino un infierno. Por eso el ejército regular tardaría tres días; la caballería tenía más facilidad para escalar las laderas de la meseta, y llegando a la campiña avanzaban como un relámpago hacia nuestro objetivo.
Los bosques centrales se presentaron como una muralla de árboles milenarios de un grosor impresionante, que ningún hacha sería capaz de cortar sino apenas dañar. Entre árbol y árbol no había ningún otro tipo de vegetación, por lo que era fácilmente penetrable. Pero, por razones de seguridad, era conveniente cercarlo y descender hacia los pantanos. Cuando nos detuvimos a descansar llegando la noche, observamos la campiña y escuchamos los cascos de la caballería al mando de Kolotar. La visión nos engañaba, pero en la oscuridad pudimos divisar una mancha negra que recorría los sembradíos. Llegaríamos a medio día de diferencia, por lo que Turdis, avisó a la tropa que descansaríamos solo una hora.
El sol se había ocultado completamente y el bosque despedía todo tipo de sonidos, dejando una atmósfera aterradora. Los sonidos de infinitas alimañas, cruzaban los imponentes árboles que asemejaban la silueta de las grandes columnas del palacio de Mantorh, haciendo fantasear a mas de un recluta con gruñidos de mords ocultos en la inmensidad de la arboleda. Ordené a los hombres en cuatro filas, formando una columna compacta que reinició la pesada marcha hacia el noroeste. Por dos horas, caminamos bajo la pálida luz lunar tropezando con pequeñas rocas o ramas secas. En esos momentos, imaginaba que Ospition había comenzado su marcha con las legiones de Calípodos; miles de hombres con pesadas armaduras, enormes escudos de forma triangular y cascos temerosos, estaban descendiendo de la meseta hacia la campiña que Kolotar había cruzado hace horas. Conversé con Tursdis, y despache mis temores… presentía dentro del alma que debíamos apurarnos. Tal vez, era la sosegada noche que creaba temores inexistentes. El general, asintiendo a mis demandas infundadas ordenó acelerar la marcha; allí los hombres, livianos de carga, habían comenzado un trote parejo en un clima silencioso que rompió dos estadios mas adelante. Escuchamos ruidos de espadas, gritos y gemidos de dolor. Hermano… pudimos oler… la sangre mord.
Turdis, escuchando los alaridos, me miró con asombro y levantó su espada ordenando el avance a toda velocidad. Como habíamos decidido ir a pie al igual que los soldados, corrí con todas mis fuerzas pensando en que sería mi primera batalla, y también, mi posible muerte. Cuando llegamos a un claro rodeado de frondosos árboles, observamos con estupor lo que bajo la luz de la luna sucedía. Varios de nuestros conciudadanos estaban defendiéndose de doscientos mords que vagaban por el bosque. La caravana de hombres y mujeres que pudieron escapar de Torken, hacían un trayecto rodeando los bosques centrales para llegar a Calípodos, cuando fueron sorprendidos por esa pequeña tropa.
Los torkenses se defendían con valentía, pero poseían armas viejas y herramientas de campo para la lucha, por lo que la superioridad enemiga era aplastante.
Apenas llegamos al claro, atacamos gritando al unísono. Las bestias se detuvieron y miraron hacia la nueva amenaza con ojos confusos, pensando si enfrentar a la tropa eufórica que se acercaba o huir hacia los bosques. Muy pocos mords dieron media vuelta y se internaron al bosque, la mayoría decidió repeler el ataque. Como íbamos en columna de cuatro personas, no se imaginaban que eran dos mil hombres los que escalaban la pequeña ladera hacia el claro, y así, destinaron sus almas al infierno. El primero que asestó un golpe fue Turdis, decapitando a un enorme mord. Los ruidos a metal inundaron el ambiente, y la sangre regaba el suelo como si la lluvia hubiese aparecido por sorpresa. Mi bautismo en combate tuvo un buen comienzo, ya que logré esquivar un hacha enemiga de enorme peso; cuando el mord comenzó a levantar el arma para intentar rebanar mi cabeza, le hundí mi espada en su peto de cuero. Instintivamente mi pierna se levantó, y con la ayuda de una buena patada hacia el estomago de mi contrincante, logré sacar la espada que se había hundido profundamente en su cuerpo. Ahora, mi brillante arma se hallaba cubierta de sangre oscura, y voló como un águila hacia la cabeza de un mord que se abalanzaba por mi costado. Era tal la calidad de los herreros artesanos de Mantorh, que observé como cercenaba su cráneo desde la parte superior de la oreja izquierda hasta la mejilla derecha.
Tuve tiempo para localizar a Turdis a metros de distancia adelante, y sorprendido por la velocidad de sus ataques, quedé paralizado por unos instantes observando cómo caían los cadáveres de los mords. De pronto, noté que el general estaba siendo desbordado por el enemigo, y me apresuré para socorrerle. Tome a un mord por el cuello de su armadura, y lo degollé con mi cuchillo. No había visto al sujeto que se lanzó sobre mi espalda. Caí de bruces al suelo pensando lo peor. Logré darme vuelta, y sostener su áspero brazo, deteniendo su maza a corta distancia de mi rostro. La fuerza que tenía el mord era descomunal, y agradecí el entrenamiento que Ospition me obligó a realizar todos los días. Mientras luchaba por mi vida, pude ver las facciones de aquellos bárbaros. Su frente era muy amplia, y tenía poco cabello. Sus ojos eran oscuros como las noches sin luna, y la nariz era ancha y aplanada. De su enorme boca, asomaban dos colmillos y un aliento a diablos. Cuando la bestia comenzó a pronunciar palabras en una lengua que desconocía, su rostro se paralizó abriendo los ojos y vomitando sangre en todo mi cuello. Cuando me lo saqué de encima, Turdis sacó su espada del bruto espinazo del muerto.
Me incorporé lentamente, agotado por la batalla. Al mirar a mí alrededor, pude ver a nuestros hombres en cuclillas o sentados sobre los cuerpos, jadeando y observando sus heridas. La decisión de viajar ligeros, nos mostró las desventajas de entrar en batalla sin nuestras legendarias armaduras… tuvimos nuestras primeras veinte bajas. Luego de descansar un rato, di la orden de cavar una fosa profunda, donde enterramos a los veinte soldados y a los treinta ciudadanos asesinados.
La caravana que habíamos defendido era más grande de lo que pensaba. Pude contar unas ochenta mujeres y cincuenta hombres con una decena de niños. Los tres médicos que seleccionamos para la travesía no daban abasto, y corrían de un lado a otro con vendajes y tablones para fracturas. La batalla nos había demorado varias horas, por lo que decidimos continuar el viaje hacia los pantanos.
En avanzadas horas de la madrugada, nuestras botas comenzaron a hundirse deliberadamente en el suelo fangoso. El hedor de los brumales era tan desagradable como los aromas de los mords, Al internarse en las profanidades del pantano, ya teníamos las botas cubiertas de lodo, algunos hasta la rodilla, y la caminata se hizo lenta e irritable. Los insultos recorrían la columna, y por dentro insultaba a Turdis por haber decidido viajar a pie. Aunque los hombres tenían mayor consideración con sus superiores, por tener la humildad de viajar junto a ellos y llevar la misma carga de sus cruces como hombres del ejército regular.
Turdis era una bestia de carga avanzando a pasos agigantados. Yo realmente sentí las horas de lectura en una silla… mi estado físico dejaba mucho que desear, aunque mis habilidades con la espada me habían sorprendido. Mientras iba caminando, me percaté de una dolencia en mis costillas, y al cabo de unos estadios de distancia comenzaba a tener dificultades para respirar. Turdis se dio cuenta de mis dolores y de los ahogos constantes.
Necesitas que te vea un médico –dijo preocupado.
Torken necesita refuerzos –expliqué ocultando lo mejor posible el dolor en mi rostro –si es que sigue en pie.
Hasta la salida del sol, tuve un tormento lento que se agravaba con el tiempo. Prácticamente ya no podía respirar, y decidí hacer caso al general solicitando la ayuda de un médico. Pero ni siquiera pude hablarle y me desmayé por el dolor. Cuando desperté, estaba tendido en una camilla a corta distancia de un fogón, y escuché a varios hombres hablando. Pese a mi estado de confusión, pude percatarme de que aquellas voces eran de Turdis y Kolotar.
¿Qué haces aquí? –dije incorporandome con dificultad.
Buenos días Arzel –respondió Kolotar con seriedad –lamentablemente estamos en problemas.
Apenas me levanté de la camilla, noté que mi torso estaba presionado por una faja y vendajes. Al menos podía respirar con facilidad, y me sentí dichoso por ello. Pero un pesar invadió mi ser al observar un paisaje tan aterrador. Estábamos acampando a una buena distancia de la ciudad, que se encontraba rodeada por miles de mords. El ejército enemigo, con poco adiestramiento, se amontonaba en las cercanías de la muralla sin formación alguna. Los guardias de la ciudad, estaban en constante vigilia, y solicitaban con brutos ademanes nuestra ayuda. Pero Turdis, no encontraba la mejor forma de llegar a las puertas de Torken. Las bestias habían rodeado la pequeña fortaleza perdida en los pantanos, y de momento, era inaccesible. Por otra parte, los mords no habían mostrado intenciones de atacar el campamento, seguramente porque suponían que éramos al menos dos legiones
. Aprovechando nuestra ubicación estratégica en lo alto de una ladera, Turdis ordenó encender el doble de fogones que de costumbre, y armar el triple de tiendas para simular un asentamiento de dos legiones. También había ordenado a los quinientos caballeros, que poseían armaduras, andar recorriendo las inmediaciones de la ladera para no demostrar que más de la mitad de nuestros hombres tenía como única protección una camisa de lino.
Hermano, puedo asegurarte que la tensión que vivimos fue abrumadora. Caía la noche, y nuestras mentes perturbadas por la presión y el cansancio, no podían aunar un plan definitivo.
Arzel –dijo suavemente turdis, mirando fijamente a una brasa ardiente –tu eres el consejero de guerra del Príncipe. Ilumina nuestras mentes y quita el pesar que nos acecha.
La realidad, era que no podía decir una palabra. El cansancio, la amenaza de los mords en la cercanía y sus horrendos gritos, me trasladaban a los zapatos de los pobres ciudadanos de Torken, abatidos por el miedo y su vulnerabilidad.
No se que decir –dije rendido –estamos en clara desventaja. Tenemos poco menos de dos mil hombres de infantería y quinientos corceles –tomé tiempo para respirar, aún adolorido –y frente a nuestra pequeña tropa hay diez mil bestias sedientas de sangre y deseosas de un jugoso botín –nuevamente respire profundo –yo opino… que deberíamos esperar a Ospition. Si atacamos… no podremos vencer, y la ciudad caerá en manos del enemigos de una forma u otra.
Ninguno pronunció palabra u opinión. El silencio de la noche era espectral, y para colmo una tormenta se acercaba desde el norte. El ánimo de los soldados estaba por el suelo, y a pesar de ser concientes de nuestra desventaja, varios hombres querían atacar por tener familia en la ciudad sitiada.
Esperaremos a Ospitión –dijo al fin Turdis –pero si los mords osan lanzar siquiera una flecha a la muralla de Torken, avanzaremos aunque signifique la muerte. Y así, daremos más tiempo al Príncipe para recuperar la ciudad.
*
Despertamos en la mañana con la misma presión. Los mords se habían ordenado frente a la muralla oeste de la ciudad, y temimos lo peor. Si atacaban, debíamos cargar contra ellos y resistir el mayor tiempo posible, aunque la empresa esté destinada al fracaso.
Cuando llegamos al mediodía, observamos desde nuestra posición que las bestias habían posicionado armas gigantes apuntando a la ciudad. Eran como arcos descomunales armados con arpones de hierro, que golpearían contra la muralla intentando penetrarla. Si aquello sucedía, un mecanismo de poleas tiraba el arpón de regreso derribando parte de la muralla. Eso hacía un pequeño orificio en el muro, suficiente para que los mords entren en manadas.
Considerando la amenaza, con Turdis decidimos preparar a los soldados para la batalla. Kolotar, había obligado a dos caballeros a dejar sus corceles y armaduras para que el general y yo nos presentemos en batalla como corresponde. Pero Turdis negó la oferta, y seguí su ejemplo. La tropa se sintió a gusto al saber que todavía lucharíamos como pares. Nuestro frente era ridículo en comparación a la masa deforme que esperaba para derribar los muros, especialmente porque habíamos optado por hacer un frente de dos filas, así lograríamos al menos evitar que el enemigo sea plenamente conciente de nuestra debilidad, y también para evitar que nos rodeen en la vorágine del combate, hecho que sería trágico estratégicamente.
Kolotar me inspiraba tranquilidad. Su cuerpo era enorme, y causaba temor en los mords. Era algo fuera de lo común, y con la armadura parecía aún más corpulento. Su corcel, también estaba protegido con planchas de hierro, haciendo feroz su presencia ante el enemigo.
Estuvimos formados sin movernos por mucho tiempo, esperando la acometida de los bárbaros a la ciudad y nuestra entrada en acción. Mientras observábamos la escena de forma inmutable, los mords estallaron en un grito, y se abrió un pasaje entre los miles de soldados. Un enorme sujeto, con un casco repleto de cuernos de toro como si tuviera serpientes en vez de cabellos, avanzó entre la multitud hacia la primera línea de guerreros. Iba caminando, pero era tan alto que parecía utilizar una montura invisible. El único que no parecía haber quedado impresionado era Kolotar… se dice que todos tenemos un Némesis… nuestro joven general había encontrado el suyo.
El comandante mord alzó una bandera negra que le alcanzó un lacayo, y Turdis ordenó prepararse para el ataque. Inmediatamente bajó la bandera, pero los soldados enemigos no se movían. Fue en ese instante, cuando comenzamos a sentir el temblor de la tierra.
¡Que idiota fui! –Gritó Turdis – ¡descuidamos la retaguardia!
En ese momento, comenzamos a ver como un cuerpo de mords avanzaba sobre la ladera oeste, justo detrás de nuestra formación. El terror se apoderó de varios soldados, que se hallaron desprotegidos. Kolotar reagrupó velozmente a su caballería, y espoleó su caballo dirigiendo a sus hombres hacia los invasores.
Reagrupa a tus hombres –dijo Kolotar antes de cabalgar hacia los mords –yo los entretengo unos instantes.
Los quinientos jinetes levantaron la tierra, y llevaron por delante varias tiendas de campaña que se interponían a su objetivo. Yo corrí inmediatamente al flanco oeste para traer a los hombres hacia el centro, y formar una sólida columna de cincuenta hombres.
¡Trae a los de aquel flanco y hagamos una formación de cuña! –vociferó Turdis – ¡tenemos poco tiempo si queremos sobrevivir!
Reagrupamos a todos los soldados en una columna, y Turdis formó una cuña con la intensión de cortar el frente enemigo. Paralelamente, el gran Kolotar había atropellado a varios mords con su caballo, mientras desvainaba su espada y la sacudía dejando cadáveres mutilados. El paso de los caballeros había desbaratado a los mil bárbaros, y aquello dio tiempo a Turdis para preparar la formación. Cuando Kolotar abandonó el lugar, comenzamos a marchar con las espadas en alto. Pudimos agarrar desprevenidos a los mords que habían quedado desperdigados por el campo, y aumentar notablemente sus bajas. Nuestros hombres acometieron furiosos contra el enemigo, liberando tanta presión acumulada por medio de sus espadas. Turdis iba al frente devanando cuerpos, y procure seguirlo de cerca para servirle de apoyo. Los mords, en este caso poseían grandes hachas y no sus comunes mazos de hierro. Logré eliminar a varios que buscaban la espalda del general de Manatorh, y esta vez procuré también cuidar mi propia retaguardia.
Conseguimos acabar con los mil cobardes que nos atacaron por las espaldas, y esperamos nuevamente la acometida de todo el grueso del ejército enemigo. La tormenta que amenazó con rugidos toda la noche, decidió al fin descargar su ira sobre el campo de batalla. La sangre de un millar de cadáveres, corría por pequeños canales naturales de la tierra, y desebamos regar los pantanos con más de la misma. La pequeña batalla, había despertado la ira y el entusiasmo de varios soldados.
¿Cuántas bajas? –preguntó Turdis con el semblante nervioso.
Creo que unas cien –respondí inseguro –el campo es un desastre, está repleto de cadáveres y la fuerte lluvia complica todo, haciendo de la ladera un lodazal.
Bajando la pendiente el pantano cubría toda la llanura hasta la ciudad, y debíamos pensar bien nuestros movimientos. Si nos aventábamos a una corrida desenfrenada, la mayoría de los hombres acabarían atrapados en el pegajoso terreno. Esperaba con ansias que nuestro plan funcione. Bien temprano, habíamos planeado los lineamientos a seguir.
El general mord, no tardó en ordenar el ataque a la muralla. Los enormes arcos expulsaron los arpones produciendo un ensordecedor silbido, y las murallas inmediatamente fueron penetradas. Acto seguido, dos sujetos tomaban con fuerza unas barras de madera, que al bajarlas con todo el peso del cuerpo, hacían funcionar un sistema de poleas y engranajes que retraían las cadenas. En segundos, los proyectiles volvieron a la plataforma que los había despedido, pero con grandes ladrillos adheridos a su cuerpo.
Las campanas de alerta sonaron en lo alto de la muralla de Torken, y cientos de arqueros descargaron una lluvia de flechas hacia las bestias que corrían desesperadas a los agujeros. Otros soldados, perfectamente uniformados con sus brillantes armaduras, acudieron en formación hacia la parte debilitada de la muro. Turdis se tomó la cabeza, repitiendo sin cesar < ¡Están descuidando la puerta! >, a la vez que desvainaba su espada.
¡Arqueros! –gritó mirando hacia la retaguardia. Mas de doscientos hombres se adelantaron en la formación, y se prepararon para lanzar una primera rueda de proyectiles – ¡Ahora!
Las doscientas flechas cruzaron el terreno pantanoso que nos separaba de los mords, y las miradas enemigas se centraron en nuestra humilde tropa. Los hombres que intentaban defender la muralla, aunaron sus gritos y saltaron de alegría al ver la ayuda proporcionada. Pero en ese instante, habíamos firmado nuestra sentencia de muerte.
Era hora de probar la estrategia que propuse en la mañana, y que Turdis había aprobado a regañadientes. Si bien no era algo muy digno de nuestra tropa, estábamos en grandes aprietos. Los mords, se agruparon mirando hacia la pendiente que nos mantenía elevados, y comenzaron a marchar penosamente sobre el pantano. Nuestros soldados iniciaron el descenso de la pendiente, y trabajosamente avanzaron por el inestable terreno. Antes de avanzar, habíamos armado dos columnas de ochocientos hombres; Turdis, encabezaba la columna izquierda, y yo la derecha. Cuando ya podíamos ver las facciones de las bestias, dimos media vuelta simulando una retirada. Me detuve al pie de la pendiente, ordenando la retirada para que no nos alcance la avalancha de mords que venía por nosotros. Subí rápidamente hasta el campamento, y tomé el banderín de Calípodos. Las columnas habían sido reagrupadas por Turdis dejando un buen hueco entre una y la otra, mientras que cien arqueros descargaban una ráfaga de flechas hacia los sujetos que intentaban llegar a la cima. Cuando Kolotar divisó el banderín, arremetió con su caballería por el sendero que habíamos dejado meticulosamente preparado y barrió con los mords en el descenso de la lomada. Los cuerpos deformes de las bestias eran atropelladas por los corceles, y los que intentaban huir de la imparable ola de caballos, eran rebanados por los caballeros en su descenso fatal. Cuando llegaron al final de la gran columna enemiga, rodearon al enemigo desde ambos plancos y atacaron por la retaguardia.
El general mord, miraba estupefacto, como su primera columna era desbaratada en poco tiempo. Los bárbaros, se vieron encajonados y entraron en pánico. Al observar el éxito del plan, comenzamos a descender matando a toda bestia que se nos cruzaba por el camino. El frente enemigo todavía se hallaba dividido por el paso arrollador de la caballería, por lo que fue menos influyente la diferencia numérica. Mis hombres ya habían iniciado su descenso, y ordené al centenar de arqueros que se focalizaran en el hueco del medio, intentando a toda costa mantenerlo vacío. El plan resultó a la perfección. Cuando un mord osaba cruzar la línea, era derribado.
Pese a que nuestros soldados peleaban con valía, la diferencia numérica pronto se hizo presente. Habíamos producido una cantidad de bajas inesperadas para nuestro potencial, pero el general mord envió más bestias para suplantar a los caídos, y la situación se tornó insoportable.
¡No aguantaremos mucho! –gritó Kolotar, luego de una embestida contra las bestias –¡procurad retroceder hacia lo alto de la colina!
Había cientos de muertos en nuestras filas, y las bestias se envalentonaron de tal forma, que eran capaces de llegar al campamento si no hacíamos algo. En medio de la batalla, corrí hacia los flancos anunciando la retirada defensiva, y me reuní con Turdis en el centro. Los arqueros divisaron que las dos columnas se habían unido para regresar al campamento, y comenzaron a disparar a discreción. Las municiones escaseaban, los soldados eran menos de mil, y Kolotar en su último ataque, había perdido a mas de cien caballeros al ser encerrado por los refuerzos mord.
Por momentos, supe que iba a morir, y luego en espacios de lucidez, gritaba como un desquiciado para que los pocos hombres se formen y resistan. No era tiempo de rendirse, y dispersé las cajas con rocas que habíamos recolectado la noche anterior. Por la falta de flechas, eran nuestra última alternativa para atacar a distancia, y logramos noquear a varios bárbaros. Turdis, me observó con una mirada desesperada. Sabíamos que pronto pereceríamos… tomamos nuestras espadas y comenzamos el tímido avanece nuevamente, cuando resonaron las trompetas en nuestra retaguardia.
Perdón que corte mi relato, pero dime hermano… ¿Recuerdas nuestros baños en el lago de Torh cuando el sol nos amortajaba en los días de verano? La temperatura de aquellos años de nuestra niñez eran altas, y nuestras casas hervían con la ayuda del techo bajo y la fragua de nuestro padre. No éramos hijos adoptivos en ése entonces, y vivíamos en nuestra humilde granja. Así pues, nuestro único momento gratificante era el de los chapuzones en el agua fresca. ¡Que alivio que sentíamos cuando nos lanzábamos a las aguas! Así, hermano, fue el sentimiento de consuelo cuando Ospitión entró en escena con dos mil caballeros y diez mil soldados. Pese a despedirse de calípodos con apenas doscientos caballeros, pudo reunir una gran caballería, reclutando en las pequeñas villas de camino a Torken. Su corcel manchado, dio un salto en el borde de la pendiente y descendió atropellando a los mords. La caballería pesada, encabezada por el Príncipe, barrió con la mayoría del ejército bárbaro. Turdis, enarbolando su espada, gritaba a los capitanes de las legiones, ordenando formar a los hombres. Artemio se unió a nosotros, y nos exigió que nos calzáramos las finas armaduras de generales con detalles en plata. Al ponerme el casco con la hoz de acero filoso mirando al cielo, símbolo de temor en el enemigo y de orgullo en los hombres de Mantorh, me sentí de nuevo zambulléndome en el fresco lago de nuestra ciudad natal. Artemio me amarró la capa roja al cuello de la armadura, y me otorgó el escudo triangular que llegaba hasta el suelo con una punta de bronce. Nuestro escudo era sumamente resistente, pero también muy liviano. En la escuela militar, siendo pequeños, nos enseñaban a utilizarlo como un arma y a evitar las amputaciones de dedos por su mal uso.
Ordené a los aprovisionadores del buen Artemio, a abastecer a nuestros hombres con armaduras, y luego los posicioné en el frente, pues ya tenían experiencia en el combate. Nuestras filas eran sorprendentes, no sólo en número, sino también en disciplina. Las enormes cuadrículas de legiones, avanzaron a paso firme por los pantanos, blandiendo sus espadas y cubriendo los golpes enemigos con nuestros impenetrables escudos.
El general mord, desesperado, ubicó los arcos gigantes apuntando hacia nuestra formación. Los enormes arpones, más grandes aún viéndolos de cerca, cruzaron los aires y se clavaron en el lodo aplastando a decenas de hombres. Con toda la reserva que disponía, el general enemigo avanzó gritando injurias en un idioma desconocido para nosotros por aquellos tiempos, golpeando a los mords que no se atrevían a marchar. Cargaba en su mano derecha, un enorme mazo con grandes clavos del tamaño de un dedo, y llevaba una armadura negra de un grosor increíble.
El Príncipe Ospition, luchaba desde lo alto de su corcel eliminando toda bestia que se acercaba. Y Turdis, procuraba batallar en la cercanía de su señor, para protegerle y asegurar el trono futuro. Kolotar, había tomado el mando de la caballería, y reagrupaba las filas para embestir a los refuerzos que se acercaban. Artemio, presuroso e inteligente, pudo cabalgar hacia las puertas de la ciudad, para organizar a la guardia. En total, ochocientos hombres se formaron en las afueras de Torken, rodeando al enemigo. La victoria era nuestra. Entusiasmado por la gran batalla que estábamos librando, corrí hacia el enemigo que se avecinaba por noreste, y fui matando uno a uno, a los mords que se abalanzaban contra mí, usando mi filosa espada o clavando en sus estómagos la punta ensangrentada de mi escudo.
Nuestras filas, habían ganado mucho terreno, y pronto chocaríamos con las masas del general mord. Lo que recordaré, será la valentía del enemigo y la masacre más grande que el destino nos hizo encabezar… Nueve mil hombres avanzaban desde el suroeste al mando de Ospition, que para ése entonces había decidido ir a pie; desde el norte, Artemio, encerraba a las cinco mil bestias apoyado por Kolotar y la caballería; y desde un flanco, Turdis, había juntado a nuestros mil hombres, ahora con armaduras, para evitar la retirada de los mords hacia los bosques centrales.
Nuestras legiones, eran como aquella gran piedra que nuestra madre usaba para moler el trigo. Los soldados, protegidos con sus escudos, eran una muralla humana que avanzaba y demolía a las bestias. Por el aire, volaban los brazos y cabezas de las horrendas criaturas, y el general mord, comprendió que moriría pronto. Nos sorprendió, cuando del montón de cadáveres y el centenar de bárbaros con vida, surgió una enorme bestia. La criatura parecía un lobo, con la salvedad de que llevaba cuernos como los que el sujeto tenía en el casco. Se montó al animal, y se fue hacia el este a una velocidad indescriptible. Al poco tiempo, logramos eliminar a todo el ejército enemigo, pero nunca dimos con el prófugo, pese a la partida de una decena de exploradores.
Ospition, igualmente alegre por la victoria, entró a la ciudad entre gritos de alegría, llantos y flores arrojadas desde los balcones. Junto a él, íbamos los cuatro consejeros, levantando los brazos y esperando tener un descanso largo. La batalla, al fin, había terminado.